Visitantes por Eloisa Pérez Santos

Eloísa Pérez Santos, Investigadora de públicos de museos de la Universidad Complutense de Madrid y del Laboratorio Permanente de Público de Museos.

Me piden desde Habemus  y su maravilloso Museonario Sonoro que defina al público de los museos. Gracias por invitarme Christian. No sin vértigo, acepto.

Miro el diccionario de la RAE: Definir, fijar con claridad, exactitud y precisión la significación de una palabra o la naturaleza de una cosa, es decir tratar de calificar la realidad, ¡Estoy por rendirme y aún no he comenzado! Definir una realidad tan compleja como lo que es hoy el público de los museos es algo ingenuo. Definir algo que se encuentra en cambio permanente es, además, arriesgado.

La complejidad reside en que, en nuestros días, la terminología que utilizamos para referirnos a los públicos  de los museos se está transformando rápidamente. Me doy cuenta que no se trata de un problema de definición sino de terminología, de con qué términos definimos esta realidad cambiante.

Los términos que hace un tiempo nos parecían inadecuados o poco apropiados para referirnos al público, hoy pueden ser aquellos que, a fuerza de su utilización progresiva, se imponen a los demás. Les pondré un ejemplo, en 1998 cuando realizaba mi tesis doctoral, decidí traducir el término anglosajón  Audience Research (literalmente en español Investigación de Audiencias) por Análisis del Público. El motivo es que, en aquellos años, la palabra audiencia para referirse al público de los museos era ciertamente peculiar, al menos en España, al estar muy ligado a los medios de comunicación de masas, fundamentalmente la radio y la televisión. Hoy día y desde hace unos años, la palabra audiencia está siendo ampliamente utilizada en las investigaciones sobre los públicos las actividades  culturales en toda Europa (cine, teatro, danza, conciertos, etc.). De hecho, la investigación y el desarrollo de audiencias se han convertido en términos frecuentes referidos, también, al público de los museos.

Por otro lado, a medida que van apareciendo nuevos usos, realidades y comportamientos aparecen palabras y términos que intentan dar cuenta de dichos usos. 

Por ello, a lo largo del tiempo el público pasó a ser los públicos, cuando, dada su diversidad, fue imposible definirlo por una serie de características comunes. El público dejó de tener un perfil determinado, la sociedad se hizo más diversa y los públicos poco a poco fueron reflejando esa diversidad, en relación a la edad, el género, los niveles educativos, pero también las actitudes, los valores, los hábitos, etc.

Los visitantes se convirtieron en usuarios cuando no fue posible delimitar el público atendiendo sólo a los que entraban por la puerta de los museos, sin considerar a aquellos que se asoman a las visitas virtuales de las páginas web o realizaban comentarios sobre el museo en redes sociales. Se comenzó a analizar, entonces, a los llamados públicos virtuales, entendiéndolos, en un principio, como una categoría diferenciada del público  “real”. Sin embargo, poco a poco la red que sustenta estas dos categorías se hizo más intrincada, porque los públicos virtuales tienen cada vez más presencia en el museo y, al mismo tiempo, los presenciales, no son ajenos a la experiencia digital, ya sea, como medio de información o como medio de participación.

Los visitantes evolucionaron, de forma sorprendente, a clientes o, incluso a consumidores culturales, cuando aparecieron los servicios de atención al público en los grandes museos y las teorías del marketing cultural. Pero esta forma de entender al público pronto se mostró insuficiente para explicar las complejas relaciones de los seres humanos con el patrimonio cultural. A los clientes hay que contentarlos, hay que cubrir sus necesidades, mientras que el público de los museos se enfrenta a través del arte, la historia o la ciencia a distintos puntos de vista, a distintas realidades, a veces incómodas, formulándose preguntas para las cuales en ocasiones no hay respuestas concretas. Pronto, se comprobó que las instituciones culturales son mucho más que producto cualquiera.

Los públicos también han pasado de ser los visitantes que el museo acoge y recibe a los segmentos de público que el museo busca de una manera proactiva. Porque, desde hace algunos años, los museos se están comprometiendo con el activismo social lo que implica el acercamiento a aquellos que por su naturaleza, su procedencia o su situación han estado tradicionalmente excluidos de los museos.  Los museos anuncian sus programas para personas mayores, personas con discapacidad sensorial o cognitiva, para personas con enfermedad mental, para grupos multiculturales, entre otros. Sin duda, un avance importante en la democratización del Museo y su apertura a la sociedad aunque, la mayor parte de las veces, no se materialice en una verdadera inclusión que contemple a todas las personas de manera igualitaria con los mismos derechos y obligaciones y no como colectivos vulnerables a proteger.

Pero si hoy existe un término que define el rol que los públicos de los museos están comenzando a adoptar, ese es el de participantes. Como anunciaba Stephen Weil hace más de 30 años, los museos están inmersos en un proceso revolucionario que cambiará el papel del museo en la sociedad y cuyo agente principal es el público. Este proceso implica la sustitución del papel supremacista del museo sobre el visitante que debía ser educado, refinado e informado, al de servicio, donde el público tendrá el control activo sobre esta institución. 

En la actualidad, una ola revolucionaria recorre los museos y se llama participación. Aún no sabemos bien como encauzarla, aún minimizamos sus efectos y su relevancia pero, sin duda, la participación está cambiando los formatos expositivos y los contenidos museísticos. Los públicos son públicos participantes, quieren ser interpelados, quieren actuar, manipular, opinar, convertirse en comunicadores de los museos, en sus embajadores.

Los museos que mejor han entendido esta nueva relación con los públicos están cambiando rápidamente, distanciándose de los museos más tradicionales, anclados aún en esa idea de falsa de neutralidad y guardián de esencias que considera al visitante como a alguien a quien instruir, educar o informar. Pero, aunque puede parecer inocente pedir la participación del público, es, en realidad, un torpedo en la línea de flotación del museo tradicional si este no sabe cómo gestionarla. No se trata sólo de dar voz a los visitantes sino de, con esa voz,  desarrollar experiencias que sean valiosas e interesantes para ellos, para el resto de los participantes y la propia institución. Y esto es complejo, como dice Nina Simon, porque si la propia estructura del museo no es participativa ¿cómo vamos a gestionar la participación del público? 

En el marco de este proceso participativo, los públicos de los museos son, hoy día, no sólo individuos, sino también comunidades y grupos de intereses. Muchos museos se están convirtiendo en espacios comunitarios de intercambio, participación y colaboración de experiencias, creando redes donde los visitantes pueden interactuar, compartir y co-crear, generando vínculos afectivos con la comunidad para dar voz  y hablar de lo que les importa. 

En conclusión, los públicos se han ido haciendo más presentes en el museo actual, aunque su presencia no sea siempre física, más diversos, más críticos, más participativos, más exigentes que hace unos años, más conscientes de su predominancia y de su posición en la comunidad. La capacidad de adaptación de los museos a esta transformación del público será crucial para su supervivencia y puede ser una oportunidad, si se aborda de manera adecuada, para convertirse en instituciones para el cambio social hacia sociedades más justas e inclusivas. 

Publicado por Christian Díaz

Padre, Comunicador de museos, Nadador, Gestor cultural. Director de 2 Museos, Coordinador de Habemus.

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