Visitantes por Leticia Pérez Castellanos

Me han invitado a colaborar en el Museonario de Habemuseos, y me han hecho una buena y compleja pregunta ¿qué son?, o mejor dicho ¿quiénes son los públicos y/o los visitantes de los museos?, ¿cómo los entendemos?, ¿necesitamos definirlos? Para aderezar aún más la conversación, cabe decir que públicos y visitantes no son las únicas palabras que utilizamos para referirnos a quienes cruzan las puertas y taquillas de los museos, o a quienes se involucran con sus propuestas vía remota, a través del ciberespacio. Así tenemos: usuarios, audiencias, participantes, consumidores o, hasta clientes, entre los diversos términos que utilizamos, incluso como sinónimos. 

No me obsesionan las definiciones, pero sí creo que el uso de las palabras no es neutral, cada una tiene implícitas ciertas suposiciones e implicaciones. Si les llamamos clientes, cabe la pregunta, el cliente ¿siempre tiene la razón?, ¿los museos deben obedecer de ojos cerrados a la demanda o a sus deseos? No cabe duda de que, en el contexto actual, de recortes presupuestales, altos niveles de competencia, presiones externas e internas y de una gran reconfiguración social, los museos han replanteado su relación con eso a lo que llamamos públicos. 

Un domingo cualquiera, si visito el Museo Nacional de Antropología, de la Ciudad de México, me habré reunido con alrededor de 66,500 personas, a quienes no conozco; por lo mismo, no nos pusimos de acuerdo para asistir. Diversas razones nos llevaron hasta ahí para compartir el tiempo y el espacio entre desconocidos. De acuerdo con Michel Warner, el carácter auto organizado, la relación entre extraños y la forma en que nos instituimos en una colectividad -porque el discurso captó nuestra atención-, son algunas características del público

Esta idea es útil para saber qué lo caracteriza, desde el punto de vista conceptual, pero complejiza nuestra tarea de identificarlo. Imaginemos estas uniones y desuniones de desconocidos, no solo un domingo en ese museo concreto, sino a lo largo de todo el año; y más aún, en los cientos y miles de museos que existen en niveles locales, nacionales e internacionales. Imaginemos a esos extraños interactuando, ya no solo en un espacio visible, sino desde sus casas a través de las plataformas web y redes sociales de estas instituciones. Caray, creo que me metí en camisa de once varas. 

En el día a día, los profesionales que trabajan en los museos, los gestores y administradores culturales, los académicos, tenemos la ardua tarea de hacer de esa nebulosa, algo asequible y aprehensible; por ello, se ha operativizado esa noción para hacerla medible y contrastable. Innegablemente, en la rendición de cuentas, en los informes administrativos y en la gestión cotidiana, siempre estará presente la estadística de vista ¿cuántas personas entraron al museo?, ¿cuál es el límite para una experiencia óptima o por seguridad?, ¿cuántos followers tenemos?, ¿cuántos tuits, retuits, hashtags o fotos? Medir, más que definir, ha sido la ambición cuando de públicos se trata.  

Para mí, los públicos son, en primera instancia, personas, así como los son aquellos que crearon los objetos que se conservan, investigan, exhiben y comunican en la gran diversidad de espacios museales que existen; tanto como lo son, los y las profesionales que diariamente realizan un sinnúmero de tareas para que estos puedan funcionar. Al pensar en los públicos como personas, reconocemos en ellos diversidad, necesidades, intereses, habilidades, miedos, emociones. También, me adhiero a la propuesta de la antropóloga mexicana Ana Rosas Mantecón, para quien lo de ser público es un rol, es decir, un papel que adoptamos o no, dependiendo de múltiples factores.

Así, nos olvidamos de “el público” en singular, o del tan mencionado público “general”, que somos todos, y a la vez no es nadie. Como dicen los españoles Bayón y Cuenca, los públicos, más allá de ser una cosa susceptible de formar un conjunto, constituyen una red dinámica de actuaciones e intereses en conflicto: “si yo no me comporto como espectador [público] a lo largo de mi vida, si mis intereses se transforman, mis gustos se enriquecen, mis consumos se reorientan, mis compañías se reajustan, si yo soy, como espectador aislado, muchos espectadores en uno, ¿cómo podemos entonces suponer que ‘el público’ en abstracto, es algo uniforme y estable?”

Solo por motivos de asequibilidad, inteligibilidad y necesidad podemos entenderlo, definirlo, caracterizarlo, comprenderlo y medirlo. Los públicos son entonces, todas aquellas personas que deciden adoptar el rol por motivaciones e intereses propios, con una atención dedicada a las propuestas, experiencias, ofertas, productos y servicios museales, quienes además pueden tomar papeles particulares como:

Visitantes en el sitio -quienes cruzan el torniquete, con boleto pagado o no-, o virtuales -visitando los sitios web e interactuando en sus redes sociales, visitantes de una sola vez o visitantes asiduos, participantes con diferentes niveles de involucramiento, personas individuales o en colectivo, por ejemplo, en grupos de socialización cercana -amigos, familias- o de socialización extendida como las comunidades de interés -ciclistas, tejedoras, grafiteros, etcétera-, usuarios de otros servicios del museo: biblioteca, cafeterías, etcétera y sí, también clientes, adquiriendo toda una gama de productos no poco atractivos que se nos ofertan. 

Los públicos incluyen tangencialmente a otras personas que no decidieron acudir voluntariamente, fueron llevadas por un motivo externo. Volviendo a mi ejemplo del Museo Nacional de Antropología: en un día de entre semana, se trata de alrededor de 3,374 individuos, típicamente escolares, se trata de público cautivo, en la acepción de “quien es retenido por la fuerza en algún lugar”, y que esperemos, se les ofrezcan una experiencia lúdica, novedosa, entretenida, retadora, relajante, para que puedan ser cautivos, pero en la otra acepción: “estar dominado por una pasión o emoción hacia una persona o cosa”. Así, pensándolo bien, ojalá que en los museos seamos capaces de generar públicos cautivos, apasionados y emocionados.

¿Definí o indefiní a los públicos? Gracias Habemuseos por la provocación.

Leticia Pérez Castellanos es profesora investigadora en el Posgrado en Museología de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (ENCRyM-INAH, México), en donde obtuvo su Maestría en Museología. Es doctorante en Ciencias Antropológicas en la Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa. Ha desarrollado una triple actividad: profesional, docente e investigadora, en el campo de los estudios de público en museos y en exposiciones internacionales.

Publica sus reflexiones personales en el blog El Diván Museológico.

Publicado por Christian Díaz

Padre, Comunicador de museos, Nadador, Gestor cultural. Director de 2 Museos, Coordinador de Habemus.

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