Política por Ignacio Fernández del Amo

Los museos no son neutrales

Los museos no son neutrales

Los museos no son neutrales. No lo son porque, como dijo Eduardo Ribotta en su aporte a este museonario, los museos son, básicamente, el resultado de la interacción entre personas: entre quienes trabajamos en ellos de manera permanente y los que participan con acciones concretas, los que los visitan como parte de un tour turístico, los que se implican, los que acompañan a algunos visitantes pero se quedan esperando en el patio o en el jardín, los que los usan de distintas maneras y los que no los visitan. Y las relaciones humanas no son neutrales porque implican deseos, expectativas, prejuicios, relaciones de poder, afectos, intimidaciones, sonrisas, prohibiciones y, por supuesto, la ideología particular de cada uno: las de los usuarios y las de los trabajadores, la ideología que algunos le imprimen a la institución o la que otros reciben como pesada herencia de quienes le antecedieron. Decía el escritor Javier Marías que nadie puede desprenderse de lo que es cuando comunica. Yo, por ejemplo, no puedo dejar de pronunciarme como hombre, blanco, español o historiador del arte, aunque sí es posible tomar conciencia de todas esas categorías y trabajar en su deconstrucción.

Los museos no son neutrales porque son humanos (también el patrimonio que gestionan es obra del ser humano o de la mirada que ejerce el ser humano sobre el patrimonio natural), pero es que tampoco nadie pretendió nunca que lo fueran. Como señaló Sebastián Bosch, también en su magnífico aporte a este museonario, los museos –pasado el breve momento fundacional ilustrado– se concibieron como instituciones disciplinadoras, como lugares donde confeccionar y sancionar las historias oficiales de la nación, del arte, de la arqueología o de las ciencias naturales. Los museos se pensaron como instituciones normalizadoras (como las escuelas), lugares donde enseñar al pueblo a ser buenos ciudadanos, lugares de difusión de los proyectos nacionales. Es por eso que José Antonio Pérez Gollán y Marta Dujovne escribieron que, cuando se creó el Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires, la intención era mostrar cómo los pueblos originarios eran un obstáculo para el impulso modernizador que pretendían los gobernantes de la época. Y recordemos que, cuando se creó el museo etnográfico en 1904, acababa su segundo mandato Julio Argentino Roca.

Los museos nunca pretendieron ser neutrales, pero una cosa es no serlo y otra muy distinta es explicitar que no se es neutral. Y aquí llegamos a un punto interesante, porque los museos son humanos, son políticos, pero también son instituciones científicas. Y, como escribió Edgardo Lander, una de las misiones que se encomendó al pensamiento científico moderno fue la de dar sustento objetivo a la visión liberal y europea del mundo y su gran éxito: lograr naturalizar las relaciones sociales, es decir, convencer a todo el mundo de que la razón neoliberal es resultado del natural desarrollo histórico de la sociedad. Es así que la sociedad liberal industrial presenta su propia narrativa histórica no solo como el orden social deseable, sino como el único posible. El neoliberalismo sería el punto de llegada, el modelo civilizatorio único y universal que hace innecesaria la política, en la medida en que ya no hay alternativas posibles a ese modo de vida. Los museos son instituciones científicas, pero con la inconcebible trampa de que los discursos que despliegan en paredes y vitrinas es anónimo. ¿¡En qué foro científico se acepta el anonimato más que en los museos!?

Así que me parece que la pregunta que realmente importa que nos hagamos es, como canta Silvio Rodríguez: ¿Dónde ponemos lo hallado? Y aquí el abanico que se abre tiene muchas varillas. Podemos optar por mantener la impronta de instituciones científicas, sabiendo que no seremos neutrales pero sí podemos ser ecuánimes –aunque aquí es necesario puntualizar que son muy pocos los museos que cuentan con áreas de investigación, porque lo más frecuente es encontrar plantillas de personal escasísimas en las que apenas una o dos personas tienen formación específica en la disciplina de referencia del museo–. Para estos casos, podemos decidirnos por abrir el campo a la ecología de saberes compartidos, orientación que, desde luego, acaba con la supuesta neutralidad de la ciencia anónima. Podríamos resignarnos a incorporar nuestros museos a la industria del ocio y abrir las puertas a cualquier actividad que atraiga visitantes. Podemos convertir el museo en un museo activista, como propone Jennie Carvill, e inspirar acciones en nuestros visitantes para que se conviertan en ciudadanos más comprometidos con sus comunidades, con la democracia local y nacional, más informados sobre cómo sus acciones cotidianas pueden provocar cambios reales. Podemos hacernos eco de los problemas que sufre nuestro entorno y tomar partido. Podemos construir museos humanos. Podemos hacer varias de esas cosas al mismo tiempo. Lo que no podemos, ya no, es fingir que somos neutrales.

Publicado por Christian Díaz

Padre, Comunicador de museos, Nadador, Gestor cultural. Director de 2 Museos, Coordinador de Habemus.

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