Comunidad por Germán Paley

LA COMUNIDAD, ¿ES O SE HACE?

¿Qué es lo primero que se les viene a la cabeza cuando piensan en COMUNIDAD: es algo que está dado a priori o que se puede construir?

Desde los museos, el término que parece regir el vínculo humano es el de “visitantes”, pero hace ya muchas décadas, desde la museología social, se ha abierto la experiencia museo a la vinculación comunitaria, o al menos, eso se ha intentado. Aun así, la relación Museo-Comunidades parece seguir siendo un terreno por explorar con todas las potencialidades que ofrece el descubrir nuevas formas, nuevos espacios, nuevas dinámicas. Lejos de intentar definir qué es comunidad, parece que el secreto está en proponer, y si hablamos de ese vínculo, creo que todavía hay mucho que podemos hacer. 

Todo museo es un fenómeno vital, en movimiento pero pareciera ser que mucho de la historia de los museos tuvo que ver con construir una imagen estática, inmóvil e incluso, como lugar al que se entra a un orden distinto del mundo que, paradójicamente, intenta esbozar una versión del mundo que conocemos y del cual formamos parte. 

Y si pensamos en el museo y las personas que lo movilizan: qué es un museo sin su activación, no seria mas que un deposito o archivo de cosas, ¿quién le da valor a las colecciones? Pensar en comunidad es poder cuestionar esa idea de visitante heredada, visitantes que contemplan o vienen a buscar un saber, EL saber… 

¿Cuántas veces la idea de visitante se ve atravesada por esa construcción platónica de contemplación solitaria y silenciosa? ¿Cómo podemos actualizar ese registro heredado y perpetuado en nuevos imaginarios que nos hablen de otras, de nuevas posibilidades donde el visitante juegue de local y empiecen a activarse conexiones vitales entre personas, entre personas y los objetos de la colección, entre el adentro y el afuera? Acaso pensar en clave social, en relaciones de comunidad, no es una manera de recuperar la función social del museo, una vuelta a cierto origen o quizás una proyección a un futuro donde las instituciones museales se convierten en puntos de encuentros, en espacios posibilitadores, en foros de intercambio donde tanto el idilio como el conflicto operan de igual manera para desarmar la supuesta neutralidad que no es mas que un status quo ficcional pero pregnante. En los museos de la vida real o mejor dicho, en la vida real de los museos, lo múltiple, lo conflictivo, la negociación se dan de manera permanente y constante y es en esa suerte de microcosmos biodiverso de manifestaciones sociales que el museo deja de ser un mausoleo inerte preservador de verdad para abrirse a una dimensión de pura posibilidad a explorar donde los sentidos se acuerdan, se confrontan, se dialogan y comienza así, en el encuentro entre personas, entre grupos, entre comunidades, a correr el pulso vital que hace que el museo tenga un latido propio que gana ritmo al abrirse a la escucha y el intercambio con el afuera, derribando esos muros simbólicos para horizontalizar el encuentro. Y así podríamos pensar nuevas formas de vinculación, de articulación con los públicos, audiencias, visitantes, o como quieran llamarles, quizás para volverles locales, que sean huéspedes, habitués… llegar a orbitar la COMUNIDAD es desafiar la naturaleza del museo, generando un cambio de orientación, trabajar en clave comunitaria fuerza al museo a repensar su naturaleza, sus modos de organización y sus propias practicas y realidades.

Desde las áreas educativas, se puede apuntar a trabajar con comunidades dadas, preexistentes, con rasgos definidos, aunque también cada instancia pedagógica puede apuntar a rescatar la idea de comunidad para desde lo efímero del encuentro construir esa sensación de pertenencia, de enlace vital y significativo. ¿qué puentes de encuentro podemos construir en una visita guiada o en una actividad de taller? ¿Cuáles son las dimensiones que permiten construir comunidad? Es la información, el saber o hay otras maneras de generar conocimiento, a través del juego, la poesía, los vínculos afectivos, las manifestaciones sociales y las expresiones políticas. 

¿El museo puede ser un generador de comunidad, un transformador que potencia las individualidades y las conecta fomentando el diálogo, la sinapsis colectiva, el bienestar social? ¿De qué manera podemos tomar nuestras colecciones para entender? ¿para entendernos? ¿para encontrarle sentido al mundo, o mejor dicho, para darnos sentido? ¿es posible que el museo motorice la dimension social convirtiéndose en una caja de resonancia de ideas, de deseos, de afectos y sentimientos? ¿y si el museo no fuera más que una excusa para recordarnos que ya somos comunidad y como espacio de memoria –pasada, presente y futura- sirva como un recordatorio de que la respuesta es colectiva? 

El trabajo con comunidades nos enseña que es en la dimensión práctica en donde comienzan a aparecer las respuestas. Es en la experiencia vincular que la comunidad revela su identidad, sus intenciones, su fuerza y como toda relación, no hay claves ni secretos ocultos, la potencia de los aprendizajes está en esa química inestable y mágica del encuentro entre personas.

Así, Comunidad es algo dado pero también algo a descubrir

Comunidad es algo externo pero que se vibra internamente

Comunidad tiene una dimensión palpable pero también intangible

Comunidad parece alojarse afuera aunque surge de adentro

Comunidad motoriza saberes ancestrales de conexión humana: empatía, escucha, entendimiento. En épocas de 2.0 cómo se transforma la idea de comunidad, ¿cómo construimos en red sin enredarnos? ¿cómo estamos construyendo comunidad actualmente?

A lo largo de los años, desarrollando el Área de Comunidades del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, fui descubriendo que la Comunidad es como un músculo, un ejercicio, más pregunta que certeza, algo a practicar, como una exploración sin mapa, como una danza de intercambios donde la coreografia muchas veces fueron propuestas de acción en las que otres dictaron los movimientos y así fueron surgiendo ciertos aprendizajes, ciertas recurrencias que comparto para recordar.

El trabajo con Comunidades es una apuesta a lo diverso, donde conviven saberes y muchas veces nos enfrenta a lo que no sabemos; entonces, ante esa idea de Museo como templo de saber, el trabajo de comunidades nos enfrenta a lo que el museo no sabe o desconoce y lejos de ser un lugar que enseña, el museo puede convertirse en un lugar que aprende de y con otres.

También ese correrse de la centralidad del saber como camino abre el juego a otras dimensiones de experiencia que pueden ser exploradas: por ejemplo, una merienda en una residencia geriátrica en la que una obra u objeto pueden disparar conversaciones sobre la vida, permitiendo resignificar los sentidos de las colecciones desde un saber no experto, desde la experiencia vital.

Y así, ese corrernos de los caminos conocidos, nos lleva a andar por otros caminos, a descubrir otros formatos, a imaginar y creer que las cosas pueden ser distintas. Arrojarse a lo comunitario es un primer paso a la deconstrucción museal, al desafío de las nuevas formas, a establecer nuevos contratos, redefinir lo que históricamente se dividió entre arriba y abajo, adentro y afuera… quizás, latir lo comunitario sea poner en suspenso esas divisiones y nos invite a nuevas construcciones de poder, de saber, de hacer y de ser. Porque empieza a aparecer, si somos permeables, la construcción en red y lejos de ese formato tradicional de la visita guiada, mínima y puntual, pueden vislumbrarse nuevas variables de armado con les otres: podemos hacer vínculos que se sostengan en el tiempo, establecer relaciones afectivas, salir a explorar territorios y que el museo mute, se transforme, sea barrio, hospital, centro de rehabilitación, residencia geriátrica. Esta movilidad nueva nos pide poner el cuerpo en territorio de otra manera y nos vuelve agentes de cambio, de acción, de interacción, de relación.

El trabajo con comunidades nos enseña que no hay receta y que muchas veces debemos confiar en lo incierto, ir por senderos que no conocemos pero quizás así, en esos recorridos nuevos, podemos repensar al museo y sus posibilidades y comenzar a descubrir la potencia de la transformación.

En un mundo en que los viejos órdenes crujen, quizás los museos puedan ser ese espacio donde germinen las posibilidades…  

Publicado por Christian Díaz

Padre, Comunicador de museos, Nadador, Gestor cultural. Director de 2 Museos, Coordinador de Habemus.

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