Comunidad por Leonardo Casado

Soy Leonardo Casado, trabajador de museos. Desde hace 10 años, a través de desde distintos espacios -como la gestión pública y la educación- vengo transitando el universo que reside en la museología contemporánea, Buscar nuevas preguntas (y construir nuevas prácticas) que lleven a redimensionar “nuestro ser y estar” como comunidad de profesionales y como instituciones centradas en las personas -como verdadero patrimonio-, es el motor que lleva hoy a participar de este espacio abierto por HABEMUS.  

Esta brevísima introducción, que implica un posicionamiento y escapa a toda inocente neutralidad, es una invitación a debatir en torno a la relación elemental (y no por ella menor) que se da entre tres conceptos claves dentro de la museología desde hace ya más de 40 años:: museo-patrimonio-comunidad

Si bien para 1974 la nueva definición de museos de ICOM incorporaba la palabra sociedad, el de comunidad permaneció fuera de la discusión semántica del término (al menos en la resolución final así quedó demostrado). Al decir de otros colegas “Pareciera que sociedad puede llegar a abarcar casi cualquier modo de agrupamiento humano. Sin embargo, para la principal organización de museos del mundo, la sociedad es, justamente, aquello que no debe ser confundido con la comunidad (Beluzo, G., Bernardi, A. y Testoni, N., 2018)”. Gracias a un acotado pero claro resumen sobre la relación entre ambas palabras propuesto por André Desvallées y François Mairesse, sabemos que si bien, a primera vista, la sociedad se puede definir como una comunidad estructurada por instituciones, el concepto de comunidad difiere en sí mismo del de sociedad, puesto que una comunidad se presenta como un conjunto de personas que viven en colectividad o se asocian porque tienen ciertos puntos en común (lengua, religión, costumbres) sin agruparse necesariamente alrededor de estructuras institucionales. De manera general, uno y otro término se diferencian, sobre todo, en razón de su dimensión. El término comunidad se usa generalmente para designar a los grupos más restringidos pero también más homogéneos (la comunidad judía, gay, etc. de una ciudad o de un país), mientras que el de sociedad es evocado a menudo para conjuntos más vastos, a priori más heterogéneos (la sociedad de este país, la sociedad burguesa). 

En concordancia con este pantallazo raudo y veloz, reconociendo esta diferenciación de conceptos, el definir “comunidad” implica ingresar en un debate polisémico por momentos inagotable. Establecer entonces un significado único sería un planteo reduccionista a la rica complejidad del mismo. Comunidad entonces, reconociendo su particularidad a lo largo de la historia (y de quienes la analizan según su disciplina y contexto) llegamos a comprenderla como tres grandes esferas interrelacionadas en una unidad dialogante. Primero, aquella que vincula comunidad con lo territorial (grupo de personas de/en un espacio geográfico delimitado); segundo, lo simbólico (códigos y prácticas compartidas en su seno, como lengua, religión, costumbres y necesidades que moldean una identidad o realidad común); y, en un tercer orden, lo antagónico-complementario (tensiones inherentes entre la homogeneización-heterogeneidad en torno a la comunidad). Esta especie de “big-bang polisémico” que contiene en su seno el término es una invitación para repensar el concepto (y por ende lo comunitario) lejos de toda cristalización del mismo. 

Como trabajadorxs de museos, sensibilizarnos en las dimensiones que conlleva definir “comunidad”, implica reconocer y abordar las tensiones que la conforman, ayer y hoy.  Es un ejercicio reflexivo que debe animarnos a perder cierta mirada romántica del concepto y para ello debemos hacerlo primeramente como equipo -como comunidad de práctica dentro de una institución- donde interpelarnos en el territorio físico como simbólico desde donde estamos, compartimos, gestamos. 

Discutir la relación entre “el consenso y el disenso”, el lugar de “lo individual y lo grupal”, lo dialéctico entre “lo singular y lo plural”, las continuidades/quebrantos entre “el pasado y el presente” dentro del concepto de comunidad es un ejercicio para reconocer los entretelones que guarda en sí mismo. Son los pasos necesarios para  enriquecer la reflexión y, por ende, vislumbrar un nuevo horizonte de trabajo. Si de una comunidad se es parte, ¿el museo es parte real de esta o la mira desde afuera? ¿El dispositivo narrativo que usamos responde a qué nociones o imaginarios de lo comunitario? ¿Será la noción de patrimonio o fratimonio la que estructure nuestras prácticas? ¿Nos unirán entonces las relaciones que nos homogeinizan o aquellas que nos diferencian en lo compartido en comunidad?

Caracterizar y rotular en clave de diccionario es un ejercicio que siempre deja fuera algo…  Definir qué es “comunidad”, es una compleja -y muchas veces incompleta- tarea. Su identidad como concepto, que escapa a las conceptualizaciones que fijan los límites asfixiantes de las vitrinas, nos recuerda su valor principal: (de)construcción permanente. Comunidad entonces, constituye un mosaico humano de posibilidades, dinámico y flexible, que producto de las tensiones de las relaciones interpersonales en un territorio simbólico y material, nos recuerda su potencial para crear nuevos modos de vida en común con el patrimonio como excusa de encuentro. 

Publicado por Christian Díaz

Padre, Comunicador de museos, Nadador, Gestor cultural. Director de 2 Museos, Coordinador de Habemus.

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