Museo por Cecilia Medina

Una definición posible de Museo

Ante la demanda del público y de actores de la cultura y del mundo del arte, el Consejo Internacional de Museos puso a votación en su última reunión del 7 de Septiembre de este año en Kioto, Japón, la siguiente definición de museo:

“Los museos son espacios democratizadores, inclusivos y polifónicos para el diálogo crítico sobre los pasados y los futuros. Reconociendo y abordando los conflictos y desafíos del presente, custodian artefactos y especímenes para la sociedad, salvaguardan memorias diversas para las generaciones futuras, y garantizan la igualdad de derechos y la igualdad de acceso al patrimonio para todos los pueblos.

Los museos no tienen ánimo de lucro. Son participativos y transparentes, y trabajan en colaboración activa con y para diversas comunidades a fin de coleccionar, preservar, investigar, interpretar, exponer, y ampliar las comprensiones del mundo, con el propósito de contribuir a la dignidad humana y a la justicia social, a la igualdad mundial y al bienestar planetario.”

Esta definición -que en mi opinión reúne todos los aspectos que un museo debiera de tener en la actualidad- lamentablemente no ha sido aceptada por ICOM; y en consecuencia, seguimos presos de una institución que no se conecta con su público ni con los creadores de las obras, más allá de lo que la Academia y el Mercado legitiman.

Un museo no es un edificio. Un museo no es su contenido. Un museo ya no puede limitarse a adquirir, conservar, estudiar y exponer. Un museo tiene que cumplir ante todo con el artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos del 10 de Diciembre de 1948, donde se señala que: “ Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”

Por ello, un Museo debe ser inclusivo, democrático, polifónico y abierto al diálogo con el visitante. ¿Qué sentido tiene un edificio lleno de objetos sin la mirada del espectador?

Cecilia Medina es curadora independiente formada en Historia del Arte en Buenos Aires, Tasación de Obras de Arte y Artes Decorativas en la Universidad de Nueva York y curaduría en NODE Center for Curatorial Studies de Berlín. 

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Comunidad por Germán Paley

LA COMUNIDAD, ¿ES O SE HACE?

¿Qué es lo primero que se les viene a la cabeza cuando piensan en COMUNIDAD: es algo que está dado a priori o que se puede construir?

Desde los museos, el término que parece regir el vínculo humano es el de “visitantes”, pero hace ya muchas décadas, desde la museología social, se ha abierto la experiencia museo a la vinculación comunitaria, o al menos, eso se ha intentado. Aun así, la relación Museo-Comunidades parece seguir siendo un terreno por explorar con todas las potencialidades que ofrece el descubrir nuevas formas, nuevos espacios, nuevas dinámicas. Lejos de intentar definir qué es comunidad, parece que el secreto está en proponer, y si hablamos de ese vínculo, creo que todavía hay mucho que podemos hacer. 

Todo museo es un fenómeno vital, en movimiento pero pareciera ser que mucho de la historia de los museos tuvo que ver con construir una imagen estática, inmóvil e incluso, como lugar al que se entra a un orden distinto del mundo que, paradójicamente, intenta esbozar una versión del mundo que conocemos y del cual formamos parte. 

Y si pensamos en el museo y las personas que lo movilizan: qué es un museo sin su activación, no seria mas que un deposito o archivo de cosas, ¿quién le da valor a las colecciones? Pensar en comunidad es poder cuestionar esa idea de visitante heredada, visitantes que contemplan o vienen a buscar un saber, EL saber… 

¿Cuántas veces la idea de visitante se ve atravesada por esa construcción platónica de contemplación solitaria y silenciosa? ¿Cómo podemos actualizar ese registro heredado y perpetuado en nuevos imaginarios que nos hablen de otras, de nuevas posibilidades donde el visitante juegue de local y empiecen a activarse conexiones vitales entre personas, entre personas y los objetos de la colección, entre el adentro y el afuera? Acaso pensar en clave social, en relaciones de comunidad, no es una manera de recuperar la función social del museo, una vuelta a cierto origen o quizás una proyección a un futuro donde las instituciones museales se convierten en puntos de encuentros, en espacios posibilitadores, en foros de intercambio donde tanto el idilio como el conflicto operan de igual manera para desarmar la supuesta neutralidad que no es mas que un status quo ficcional pero pregnante. En los museos de la vida real o mejor dicho, en la vida real de los museos, lo múltiple, lo conflictivo, la negociación se dan de manera permanente y constante y es en esa suerte de microcosmos biodiverso de manifestaciones sociales que el museo deja de ser un mausoleo inerte preservador de verdad para abrirse a una dimensión de pura posibilidad a explorar donde los sentidos se acuerdan, se confrontan, se dialogan y comienza así, en el encuentro entre personas, entre grupos, entre comunidades, a correr el pulso vital que hace que el museo tenga un latido propio que gana ritmo al abrirse a la escucha y el intercambio con el afuera, derribando esos muros simbólicos para horizontalizar el encuentro. Y así podríamos pensar nuevas formas de vinculación, de articulación con los públicos, audiencias, visitantes, o como quieran llamarles, quizás para volverles locales, que sean huéspedes, habitués… llegar a orbitar la COMUNIDAD es desafiar la naturaleza del museo, generando un cambio de orientación, trabajar en clave comunitaria fuerza al museo a repensar su naturaleza, sus modos de organización y sus propias practicas y realidades.

Desde las áreas educativas, se puede apuntar a trabajar con comunidades dadas, preexistentes, con rasgos definidos, aunque también cada instancia pedagógica puede apuntar a rescatar la idea de comunidad para desde lo efímero del encuentro construir esa sensación de pertenencia, de enlace vital y significativo. ¿qué puentes de encuentro podemos construir en una visita guiada o en una actividad de taller? ¿Cuáles son las dimensiones que permiten construir comunidad? Es la información, el saber o hay otras maneras de generar conocimiento, a través del juego, la poesía, los vínculos afectivos, las manifestaciones sociales y las expresiones políticas. 

¿El museo puede ser un generador de comunidad, un transformador que potencia las individualidades y las conecta fomentando el diálogo, la sinapsis colectiva, el bienestar social? ¿De qué manera podemos tomar nuestras colecciones para entender? ¿para entendernos? ¿para encontrarle sentido al mundo, o mejor dicho, para darnos sentido? ¿es posible que el museo motorice la dimension social convirtiéndose en una caja de resonancia de ideas, de deseos, de afectos y sentimientos? ¿y si el museo no fuera más que una excusa para recordarnos que ya somos comunidad y como espacio de memoria –pasada, presente y futura- sirva como un recordatorio de que la respuesta es colectiva? 

El trabajo con comunidades nos enseña que es en la dimensión práctica en donde comienzan a aparecer las respuestas. Es en la experiencia vincular que la comunidad revela su identidad, sus intenciones, su fuerza y como toda relación, no hay claves ni secretos ocultos, la potencia de los aprendizajes está en esa química inestable y mágica del encuentro entre personas.

Así, Comunidad es algo dado pero también algo a descubrir

Comunidad es algo externo pero que se vibra internamente

Comunidad tiene una dimensión palpable pero también intangible

Comunidad parece alojarse afuera aunque surge de adentro

Comunidad motoriza saberes ancestrales de conexión humana: empatía, escucha, entendimiento. En épocas de 2.0 cómo se transforma la idea de comunidad, ¿cómo construimos en red sin enredarnos? ¿cómo estamos construyendo comunidad actualmente?

A lo largo de los años, desarrollando el Área de Comunidades del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, fui descubriendo que la Comunidad es como un músculo, un ejercicio, más pregunta que certeza, algo a practicar, como una exploración sin mapa, como una danza de intercambios donde la coreografia muchas veces fueron propuestas de acción en las que otres dictaron los movimientos y así fueron surgiendo ciertos aprendizajes, ciertas recurrencias que comparto para recordar.

El trabajo con Comunidades es una apuesta a lo diverso, donde conviven saberes y muchas veces nos enfrenta a lo que no sabemos; entonces, ante esa idea de Museo como templo de saber, el trabajo de comunidades nos enfrenta a lo que el museo no sabe o desconoce y lejos de ser un lugar que enseña, el museo puede convertirse en un lugar que aprende de y con otres.

También ese correrse de la centralidad del saber como camino abre el juego a otras dimensiones de experiencia que pueden ser exploradas: por ejemplo, una merienda en una residencia geriátrica en la que una obra u objeto pueden disparar conversaciones sobre la vida, permitiendo resignificar los sentidos de las colecciones desde un saber no experto, desde la experiencia vital.

Y así, ese corrernos de los caminos conocidos, nos lleva a andar por otros caminos, a descubrir otros formatos, a imaginar y creer que las cosas pueden ser distintas. Arrojarse a lo comunitario es un primer paso a la deconstrucción museal, al desafío de las nuevas formas, a establecer nuevos contratos, redefinir lo que históricamente se dividió entre arriba y abajo, adentro y afuera… quizás, latir lo comunitario sea poner en suspenso esas divisiones y nos invite a nuevas construcciones de poder, de saber, de hacer y de ser. Porque empieza a aparecer, si somos permeables, la construcción en red y lejos de ese formato tradicional de la visita guiada, mínima y puntual, pueden vislumbrarse nuevas variables de armado con les otres: podemos hacer vínculos que se sostengan en el tiempo, establecer relaciones afectivas, salir a explorar territorios y que el museo mute, se transforme, sea barrio, hospital, centro de rehabilitación, residencia geriátrica. Esta movilidad nueva nos pide poner el cuerpo en territorio de otra manera y nos vuelve agentes de cambio, de acción, de interacción, de relación.

El trabajo con comunidades nos enseña que no hay receta y que muchas veces debemos confiar en lo incierto, ir por senderos que no conocemos pero quizás así, en esos recorridos nuevos, podemos repensar al museo y sus posibilidades y comenzar a descubrir la potencia de la transformación.

En un mundo en que los viejos órdenes crujen, quizás los museos puedan ser ese espacio donde germinen las posibilidades…  

Comunidad por Leonardo Casado

Soy Leonardo Casado, trabajador de museos. Desde hace 10 años, a través de desde distintos espacios -como la gestión pública y la educación- vengo transitando el universo que reside en la museología contemporánea, Buscar nuevas preguntas (y construir nuevas prácticas) que lleven a redimensionar “nuestro ser y estar” como comunidad de profesionales y como instituciones centradas en las personas -como verdadero patrimonio-, es el motor que lleva hoy a participar de este espacio abierto por HABEMUS.  

Esta brevísima introducción, que implica un posicionamiento y escapa a toda inocente neutralidad, es una invitación a debatir en torno a la relación elemental (y no por ella menor) que se da entre tres conceptos claves dentro de la museología desde hace ya más de 40 años:: museo-patrimonio-comunidad

Si bien para 1974 la nueva definición de museos de ICOM incorporaba la palabra sociedad, el de comunidad permaneció fuera de la discusión semántica del término (al menos en la resolución final así quedó demostrado). Al decir de otros colegas “Pareciera que sociedad puede llegar a abarcar casi cualquier modo de agrupamiento humano. Sin embargo, para la principal organización de museos del mundo, la sociedad es, justamente, aquello que no debe ser confundido con la comunidad (Beluzo, G., Bernardi, A. y Testoni, N., 2018)”. Gracias a un acotado pero claro resumen sobre la relación entre ambas palabras propuesto por André Desvallées y François Mairesse, sabemos que si bien, a primera vista, la sociedad se puede definir como una comunidad estructurada por instituciones, el concepto de comunidad difiere en sí mismo del de sociedad, puesto que una comunidad se presenta como un conjunto de personas que viven en colectividad o se asocian porque tienen ciertos puntos en común (lengua, religión, costumbres) sin agruparse necesariamente alrededor de estructuras institucionales. De manera general, uno y otro término se diferencian, sobre todo, en razón de su dimensión. El término comunidad se usa generalmente para designar a los grupos más restringidos pero también más homogéneos (la comunidad judía, gay, etc. de una ciudad o de un país), mientras que el de sociedad es evocado a menudo para conjuntos más vastos, a priori más heterogéneos (la sociedad de este país, la sociedad burguesa). 

En concordancia con este pantallazo raudo y veloz, reconociendo esta diferenciación de conceptos, el definir “comunidad” implica ingresar en un debate polisémico por momentos inagotable. Establecer entonces un significado único sería un planteo reduccionista a la rica complejidad del mismo. Comunidad entonces, reconociendo su particularidad a lo largo de la historia (y de quienes la analizan según su disciplina y contexto) llegamos a comprenderla como tres grandes esferas interrelacionadas en una unidad dialogante. Primero, aquella que vincula comunidad con lo territorial (grupo de personas de/en un espacio geográfico delimitado); segundo, lo simbólico (códigos y prácticas compartidas en su seno, como lengua, religión, costumbres y necesidades que moldean una identidad o realidad común); y, en un tercer orden, lo antagónico-complementario (tensiones inherentes entre la homogeneización-heterogeneidad en torno a la comunidad). Esta especie de “big-bang polisémico” que contiene en su seno el término es una invitación para repensar el concepto (y por ende lo comunitario) lejos de toda cristalización del mismo. 

Como trabajadorxs de museos, sensibilizarnos en las dimensiones que conlleva definir “comunidad”, implica reconocer y abordar las tensiones que la conforman, ayer y hoy.  Es un ejercicio reflexivo que debe animarnos a perder cierta mirada romántica del concepto y para ello debemos hacerlo primeramente como equipo -como comunidad de práctica dentro de una institución- donde interpelarnos en el territorio físico como simbólico desde donde estamos, compartimos, gestamos. 

Discutir la relación entre “el consenso y el disenso”, el lugar de “lo individual y lo grupal”, lo dialéctico entre “lo singular y lo plural”, las continuidades/quebrantos entre “el pasado y el presente” dentro del concepto de comunidad es un ejercicio para reconocer los entretelones que guarda en sí mismo. Son los pasos necesarios para  enriquecer la reflexión y, por ende, vislumbrar un nuevo horizonte de trabajo. Si de una comunidad se es parte, ¿el museo es parte real de esta o la mira desde afuera? ¿El dispositivo narrativo que usamos responde a qué nociones o imaginarios de lo comunitario? ¿Será la noción de patrimonio o fratimonio la que estructure nuestras prácticas? ¿Nos unirán entonces las relaciones que nos homogeinizan o aquellas que nos diferencian en lo compartido en comunidad?

Caracterizar y rotular en clave de diccionario es un ejercicio que siempre deja fuera algo…  Definir qué es “comunidad”, es una compleja -y muchas veces incompleta- tarea. Su identidad como concepto, que escapa a las conceptualizaciones que fijan los límites asfixiantes de las vitrinas, nos recuerda su valor principal: (de)construcción permanente. Comunidad entonces, constituye un mosaico humano de posibilidades, dinámico y flexible, que producto de las tensiones de las relaciones interpersonales en un territorio simbólico y material, nos recuerda su potencial para crear nuevos modos de vida en común con el patrimonio como excusa de encuentro. 

ENSAYAR MUSEOS: Convocatoria para proyectos de museos argentinos

Esta convocatoria busca estimular a los museos del país a experimentar formas de producir proyectos que generen un impacto palpable en su entorno, y nuevos conocimientos y aprendizajes para el sector.

Se propone ser un acelerador de las ideas y los procesos en los que estén trabajando o sobre los que deseen experimentar los museos para desarrollar exhibiciones innovadoras, explorar metodologías de trabajo alternativas y prácticas colaborativas, y dinamizar proyectos de participación ciudadana.

Ensayar Museos es una iniciativa de Fundación Williams para la cual aportará un fondo de inversión total de $ 2.000.000 pesos argentinos, a distribuir entre los proyectos que resulten seleccionados, por un máximo de hasta $ 250.000 pesos argentinos cada uno.

Bases y condiciones

Formulario

Visualización previa del formulario

Programa 5

Definición: comunicación

El programa entero podés escucharlo acá

Contexto por Valerio Marinetti

Conxa Rodà

Javier Vazquez

El nuevo museologismo del museonario es comunicanción

Y un plus! Hablamos con Florencia González de Langarica sobre ENSAYAR MUSEOS: Convocatoria para proyectos de museos argentinos. Una gran convocatoria para todos los museos argentinos de la mano de Fundación Williams.

Javier Vazquez

Estas palabras quizás las pueda sostener más desde mi práctica como diseñador (más de 20 años en la ruta) que desde mi experiencia como trabajador de museos (10 años a la postre). Los diseñadores gráficos usualmente nos avenimos como norma de inicio de todo trabajo, al ordenamiento de la encomienda, del pedido que se nos hace. En el campo del diseño de sistemas de identidad visual, la elaboración de un brieff con la mayor cantidad de características que propendan al conocimiento de la institución o empresa y de sus consumidores o públicos auditores es el basamento principal. El conocimiento de “la cosa” lo es todo.

Muchos museos generaron sus áreas de comunicación más o menos en tiempos recientes. La visibilidad de la importancia de los museos, los cambios de paradigmas de su misión de cara a la comunidad, etc. etc. etc.  trajeron aparejados nuevos ordenamientos, que solicitaban nuevas funciones en el personal de planta y en mayor o menor medida, la profesionalización de sus áreas. En ese contexto, el perfil del área de comunicación de un museo nació con más preguntas que respuestas. Y como suele pasar también en las empresas que mutan de emprendimientos familiares a PyMES con la necesidad de elevar su status, algunas personas de dichas plantas pasan a jugar roles cuasi desconocidos; así pues, la secretaria que “dibuja lindo” o el hijo del dueño “que está todo el tiempo con la computadora” pasan a hacerse cargo del diseño de un mero logotipo o del vínculo con sistemas de comunicación que amplifican la oferta disponible. Pasa en las empresas, pasa en los museos. Entonces, cuando la pregunta es ¿Qué entendemos por comunicación en museos y que abarca? yo pienso que así las cosas, entendemos poco y que el conocimiento de lo que abarca tal cosa también es poco y caemos por lo general en malas prácticas.

Es primordial entonces comenzar por el principio, por determinar el valor marcario de la institución y su vínculo histórico con la comunidad, atender a las formas en las cuales la voz del museo conectó históricamente con sus públicos y tratar de establecer cuál fue el grado de efectividad de esas primeras misiones (mal o bien, los museos siempre comunicaron algo) para luego proyectar estrategias eficientes en los tiempos que corren. 

Hoy los museos demandan la comunicación de todo su universo productivo; de las actividades de cada área en particular, sobre todo las de mayor porte (educativas, investigación, museografía…) y por supuesto de su patrimonio. Diseñar una voz que identifique a la institución es tarea complicada, pero el programa debe elaborar un gran mapa que contenga mínimamente a la historia reciente y pasada de la institución, a las aptitudes particulares de cada área y obviamente prestar una atención fundamental a los públicos objetivos que nos demandan y a los que demandamos atención, a veces estas no existen o no están consolidadas y es tarea del propio museo organizar ese territorio.

El diseño de la identidad (y no hablo de la gráfica específicamente) nos ubica claramente en la comunidad, este ordenamiento ineludible dispondrá algunas respuestas a las preguntas iniciales. Señalará un camino posible por el cual desandar las estrategias de comunicación y aplicaremos a las respuestas en función de las necesidades determinadas según su grado de importancia. Algunos museos trabajarán más sobre su patrimonio en las redes y otros más quizás sobre el valor de sus actividades o vínculo con las diversas comunidades, académicas, escolares, turísticas, etc.

Lo que comunicamos es la razón de ser de cada institución, eso que está presente en cada acción, en cada muestra, en las guías y actividades y en cada texto. Sin identidad no hay paraíso para los museos, lo que se comunica es eso.

Javier Vazquez es Licenciado en Artes Plásticas, de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). En 2010 terminó el Posgrado Internacional en Gestión y Administración Cultural en la Universidad Nacional de Córdoba y realizó la Maestría en Museología en la UNT.

Actualmente trabaja para la Secretaría de Cultura de la Nación en el Museo Nacional Casa Histórica de la Independencia, como gestor de proyectos, y es el encargado del área de comunicación visual y registro foto documental.